viernes, 31 de julio de 2009

Siguientes días

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El tiempo fue mejorando, las nubes se fueron supongo que a Galicia, la isla de Pico con su gran volcán se hizo visible al otro lado del canal e ir al mercado a por bacalao, verduras y las muchas variedades de pan y queso era un placer, así como buscar nuevos restaurantes como por ejemplo el Canto de Doca, especializado en carme y pescado a la piedra (seguíamos siendo estómagos andantes). También me dio por curiosear por ahí y una tarde di con una parte de la ciudad que no conocía, más vieja y tranquila que al parecer se llama Porto Pin y que en tiempos fue el antiguo puerto de Horta. Después de dar unas vueltas y hacer unas fotos me metí en la única playa de la isla (creo). Esta playa orientada al suroeste está dentro del puerto, por lo que el mar está como una piscina, aunque supongo que el día del temporal las olas entrarían a saco y metería miedo. Otra cosilla a tener en cuenta es que la playa es un cementerio de carabelas portuguesas, nunca las he visto en tal cantidad, al menos en tierra; literalmente hacían montones. En la otra punta de la playa había una antigua factoría, ahora reconvertida en un museo, donde procesaban las ballenas, principalmente cachalotes, que pescaban artesanalmente desde botes movidos a remos cuando estaban al acecho y con una gran vela cangreja para las travesías. Reconocí esos botes, los había vistos idénticos en el puerto; ya no pescan ballenas y se dedican a regatear. El museo está bien y a mi juicio merece un paseo para verlo.

Cuando pasó la borrasca, los 3 veleros que estaban entre nosotros y el muelle decidieron zarpar, así que un buen día nos tocó soltar el lío de amarras que teníamos montado y dar vueltas en el puerto despidiéndonos de nuestros vecinos según salían de la marina. Cuando acabo la procesión volvimos a nuestro amarre; pero no pudimos entrar por que un patrón oportunista decidió esperar a un compañero en tan escogido lugar que no nos dejó espacio para maniobrar. Yo le grité al individuo algo así como “guat taim yu gou” mientras Viki le lanzaba su mejor mirada asesina. Sorprendentemente esa mirada no lo espantó lo suficiente como para bloquearlo, y me respondió algo en ingles, que a mis entendederas sonaba como que en 15 ó 50 minutos saldría. Por suerte para el fueron 15 minutos por que a esas alturas la mirada del patrón era tan peligrosa el ácido clorhídrico. El segundo intento fue una maniobra perfecta que nos dejó pegados al muelle y sin nadie abarloado; un privilegio que no duró, cuando nos quisimos dar cuenta ya nos tenían emparedados y con las tripulaciones de 4 grandes veleros cruzando la cubierta; aquello parecia la Gran Via.

lunes, 27 de julio de 2009

3º Día en Horta

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Los siguientes días fueron pasando, “Mojados por la lluvia. Bajo las nubes. En el puerto” si lo cuento al estilo de Hemingway, si lo cuento a mi estilo diría “PUTA LLUVIA ¿Dónde cojones esta el anticiclón de las azores?” o algo igual de expresivo, por que la cosa tenía su gracia, durante 2 ó 3 días salías del barco con un sol radiante a algún recado, un gin tonic en el bar de Peter por ejemplo, a los dos minuto se ponía más negro que lo huevos de un grillo, te caía la de Dios es Cristo y entrando por la puerta del café volvía a salir el sol. Pocas veces he podido ver un cambio de tiempo tan rápido. En Canarias el tiempo muda muy rápido y también en el Caribe; pero este sitio se lleva la palma. Esta alternancia meteorológica atacaba lo que siempre ha sido mi punto débil, la ropa; salía con gafas de sol, sombrero, camiseta, sandalias y regresaba listo para el centrifugado y blasfemando en arameo, o salía con botas de agua y chaquetón con la capucha encasquetada y volvía sudando, cegado por el sol, con las katiuscas en la mano y… blasfemando en arameo.

De todas las formas no todo fue gin tonic, mojarme y buscar un lugar en algún círculo del infierno por “tomar el nombre de Dios en vano”; un par de días después de nuestra llegada se nos abarloo un Contest con bandera inglesa, entre cuya tripulación había un español que llevaba años viviendo en una barcaza en el río Támesis. Este marinero, trabajaba en un banco de inversiones hasta que se hartó de esa vida y decidió vivir de su afición y hacerse patrón profesional. Cuando el tiempo lo permitía charlábamos de bañera a bañera sobre nuestros cruceros y el viaje que hicimos Maria y yo a Londres. Sobre este último viaje, cuando le comenté que se me quedó en el tintero visitar el museo naval de Greenwich, tuvo la amabilidad de invitarme a su casa barco para cuando repitiéramos el viaje.
También en el apartado de navegantes y lobos de mar tengo que hablar de un anciano, patrón en solitario de un Ketch de acero con popa noruega. Conocimos a este buen hombre cuando se abarloo a nosotros cuando hacíamos combustible y pude examinar a placer su barco, todo un compendio de añejo buen hacer marinero. Más tarde me dejo asombrado cuado ví donde había atracado; a mi juicio maniobrar en solitario un ketch de popa noruega que desplaza unas 5 veces más que el nuestro, maniobra 10 veces peor y dejarlo donde lo dejó es una hazaña. La imagen de buen marino de este hombre se completó cuando tuve el placer de verlo zarpar; cómo salió del puerto, como izo las velas mientras el yate, perfectamente equilibrado, navegaba solo. Un patrón que habrá olvidado lo que yo no aprenderé en 5 vidas que viva.
Una de las cosas más famosas del puerto de Horta son las pinturas que hacen, para llamar a la buena suerte y como recuerdo de la travesía, los patrones y armadores. Hay tantas que se dice que es la mayor galería de arte del mundo, las hay simpáticas, las que hablan de desarbolamientos y de grandes tormentas, incluso las hay que dan fe de valentia con los calzoncillos sin cagar. Yo me pasé horas mirandolas y fotografiándolas y no vi ni un cuarto de todas las que hay.

lunes, 20 de julio de 2009

2º Día en Horta

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La comida con los “chicos franceses” fueron unos enormes espetos en el Café Sport, todo regado con vino de Pico y acompañado con queso de san Jorge y patatas fritas. Fue una agradable comida con la compañía siempre alegre de Didier y Jean Marie, todo estaba rico y seguíamos zampando con el placer casi infantil de los recién desembarcados.

Después de la comida acompañamos a la trouppe gala a alquilar un coche. Como la oficina era un poco pequeña yo me quede fuera hasta que las risas y carcajadas me hicieron entrar. El chiste era el carnet de conducir de Didier; estaba expedido en 1960 aun con la foto original que le hicieron hace medio siglo. Apretujados en el coche que alquilaron dimos una vuelta por la isla que aunque corta bastó para convencerme de lo bonita y cuidada que es la isla de Faial. La excursión acabo en el volcán de Capelinos, esta es una zona volcánica muy reciente, de mediados del siglo pasado y además de cepillarse un pueblo dejó medio enterrado en lava la planta baja de la casa de un faro. En este sitio se ha hecho un centro de vulcanología, un museo, una cafetería, una sala de proyección, y muchas cosas más que no pudimos ver al estar a punto de cerrar, este tinglado no estropea el paisaje por que es invisible; todo se hizo bajo tierra, con un extraordinario cuidado y buen gusto.

Además del volcán teníamos vistas de la costa oeste de Faial, un asiento de primera fila para ver la borrasca nos pronosticó Miguel y que afortunadamente nos perdimos. Supongo que si nos llega a pillar en el mar y metidos en faena, las sensaciones hubieran sido diferentes; sin embargo en tierra, abrigados, secos y calientes, era incapaz de imaginarme peleando con ese mar. Y eso que tengo mucha imaginación.

De vuelta en Horta nos despedimos de los lobos de mar franceses, quedando vagamente para dentro de algunos días y dimos por terminado el día

martes, 14 de julio de 2009

1º Dia en Horta

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Lo primero que hicimos en Horta y que se ha repetido en otras arribadas, fue descorchar la botella, esta vez de champán francés por que cava no había en San Marteen, y brindar por la travesía. El efecto intoxicante de esa bebida, con el estómago vacío y con el relajamiento que te entra en puerto ya con el barco trincado y asegurado es notable y si además saltas a tierra después de veintitantos días de vapuleo oceánico la secuela fue que cuando salimos a comer no consiguiera andar derecho.

Después de la pasable aunque abundante comida, dimos un paseo hasta el bar de Peter para bajar la comida a base de gintonics. Este sitio, que en realidad se llama Café Sport, es uno de esos lugares míticos para los navegantes, solo comparable a las pirámides para un egiptólogo o la Meca para un musulmán. El bar es un lugar fantástico, lleno de marineros y de patrones, con todas las paredes y el techo llenos de banderas fotos y recuerdos de los miles de yates y tripulaciones que han arribado a Orta. De lo mucho que había me llamó la atención (por que nuestra mesa estaba al lado si no ni lo habríamos visto) un puño de escota de un gran foque, donde estaban los nombres de una tripulación y una goleta muy bien pintada, con las velas desgarradas en un mar tempestuoso, un jirón de las cuales era el mismísimo trozo de foque que servia de lienzo a la memoria de esa dura travesía. Cuanto más me fijaba más me daba cuenta que el Café Sport era más que un sitio donde el doble del cantante Pedro Guerra te sirve cervezas, comidas y uno de los mejores gintonic del mundo; se está a gusto, la música es agradable y entre otras cosas puedes utilizarlo como oficiosa lista de correos, para comprar sellos y hasta dientes de cachalote grabados, un arte que siempre me ha encandilado.

Después de un par de horas en el Café Sport dimos una vuelta por el puerto, localizamos el velero de Jean Marie, charlamos un rato con ellos y volvimos al gandul para descansar un poco y preparar la cena.